7 Jul 2005
Imaginese que su padre, su hermano, su tío se levanta a la mañana, como todos los días, desayuna con su familia y sale a tomar el subterráneo que lo llevara a su trabajo en el centro de Londres.
Piense como se sentiría al escuchar la noticia que estallaron tres líneas de subterráneo y un bus de dos pisos, matando mas de cincuenta personas e hiriendo mas de quinientas.
La misma desesperación, indignación e impotencia sintieron el 11 de marzo del 2004 las familias en Madrid y el 11 de setiembre del 2001 las familias en New York.
Cada vez que los terroristas asesinos mesiánicos atacan a ciudades del mundo civilizado matando e hiriendo a cientos o miles de personas que su único pecado es ir a trabajar o estudiar, como usted o yo, siento la misma desesperación, indignación e impotencia.
Recuerdo que el Papa Juan Pablo II expresó en la encíclica Sollicitudo rei sociales “que aun cuando se aduzca como motivación de las acciones inhumanas cualquier ideología o la creación de una sociedad mejor, los actos del terrorismo nunca serán justificables”.
Los ataques en Londres, Madrid y New York tan sólo apuntan a generar pánico y destrucción, y cuyos responsables están bien lejos de aspirar a crear una sociedad mejor. Esta clase de atentados se dirigen a infundir temor en la opinión pública, creando inseguridad y miedo a los ciudadanos del mundo civilizado.
Las naciones del mundo no pueden ni deben sucumbir ante la lógica infernal que proponen las bestias asesinas, que gozan diseminando el terror en el mundo. En su camino de odio los terroristas matan al azar, aun sabiendo que sus víctimas serán personas indefensas, pasajeros de un tren, transeúntes, personas mayores, mujeres embarazadas, niños...
El terrorismo triunfa cada vez que logra instalar la sensación de indefensión en la sociedad, condenándola a vivir con miedo y a la espera de un próximo ataque.
El mundo vive hoy una guerra promovida por el fanatismo y el fundamentalismo terrorista, que sólo parece perseguir la muerte y que en nombre de ella asesina a inocentes cargados de vida, tal como ocurrió en Londres, Madrid o New York. Es ése el ideal -si se lo puede llamar así- espectral, monstruoso, sobre el cual se sustenta la lógica del terrorismo, que se ha convertido en el peor enemigo de la humanidad.
No puede haber excusas para no respaldar una lucha frontal contra las organizaciones que promueven y financian el terrorismo en el mundo. Las naciones democráticas y comprometidas con la defensa de los derechos humanos deberían unir sus esfuerzos para erradicar estas maquinarias de la muerte, dejando de lado conveniencias políticas o ideológicas coyunturales para enfrentar a quienes atentan contra la vida humana y la paz. Confié en el 2001 y sigo confiando hoy en el Presidente George W. Bush cuando dijo que “buscaremos a los terroristas debajo de las piedras para derrotar a esa banda de asesinos”, y me brindo la esperanza de saber que nos ayudaría a salir de la desesperanza. Espero que las potencias del mundo civilizado se encolumnen tras el Presidente Bush y extirpen de una vez para siempre este cáncer que esta dañando los corazones de los ciudadanos decentes de este mundo.
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