Cuando debatimos sobre educación solemos concentrarnos en presupuestos, salarios, edificios, programas y tecnologías, todos son asuntos necesarios, pero rara vez formulamos la pregunta que organiza a los demás, para qué educamos en una sociedad donde la información se encuentra disponible de manera instantánea y una inteligencia artificial puede responder en segundos.
Durante siglos, la escuela fue uno de los pocos lugares donde los jóvenes podían acceder al conocimiento sistematizado, hoy llegan al aula después de haber recorrido videos, redes, buscadores y plataformas que mezclan información verdadera, publicidad, entretenimiento y manipulación, el problema ya no es solamente la falta de datos, es la dificultad para establecer cuáles merecen confianza y cómo se relacionan entre sí.
De la memoria al criterio
Memorizar continúa siendo útil, porque nadie puede pensar profundamente sobre aquello que desconoce, pero repetir no basta, la educación debe enseñar a formular preguntas, comparar argumentos, reconocer intereses y distinguir una evidencia de una afirmación atractiva. Un estudiante preparado no es quien recuerda todas las respuestas, es quien sabe qué hacer cuando encuentra una pregunta nueva.
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La inteligencia artificial puede personalizar ejercicios, traducir contenidos y ofrecer apoyo inmediato, también puede reducir el esfuerzo intelectual si se utiliza para evitar la lectura, la escritura y la reflexión, prohibirla completamente sería desconocer el mundo en el que los estudiantes vivirán, aceptarla sin límites significaría entregar a una plataforma privada parte de la tarea educativa.
Educar es ampliar posibilidades
La escuela no debería funcionar únicamente como contención social ni como entrenamiento laboral, debe transmitir conocimientos, desarrollar autonomía y ayudar a cada persona a descubrir capacidades que todavía no reconoce, esto exige maestros valorados, familias comprometidas y políticas que comprendan que la educación produce resultados a largo plazo.
También exige enseñar aquello que ninguna aplicación puede asumir por nosotros, responsabilidad, convivencia, escucha, argumentación y conciencia de las consecuencias, la tecnología cambia las herramientas, pero no elimina la necesidad de aprender a vivir con otros.
La educación del siglo XXI será verdaderamente moderna cuando deje de perseguir cada novedad y recupere su propósito esencial, formar seres humanos capaces de pensar por cuenta propia, colaborar con quienes piensan diferente y utilizar el conocimiento sin convertirse en instrumentos de aquello que no comprenden.
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César Leo Marcus