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Artículos de César Leo Marcus > Lenguaje, género y poder

El idioma cambia cuando la sociedad necesita nombrar nuevas realidades

El idioma castellano no nació terminado ni permaneció inmóvil, se formó mediante conquistas, migraciones, intercambios culturales y decisiones políticas, incorporó palabras árabes, indígenas, africanas, francesas, italianas e inglesas, modificó pronunciaciones y abandonó expresiones que durante siglos parecieron naturales, por eso resulta contradictorio afirmar que una lengua viva no puede cambiar.

Las discusiones sobre género aparecen porque el masculino fue utilizado tradicionalmente como forma universal, cuando se dice los ciudadanos, los escritores o los alumnos se supone que las mujeres y otras identidades están incluidas, pero esa inclusión no siempre resulta visible, la gramática puede admitir una convención y la sociedad puede, al mismo tiempo, preguntarse si esa convención sigue representándola.

Las palabras también distribuyen autoridad

Nombrar no es un acto inocente, durante siglos muchas profesiones tuvieron únicamente forma masculina porque las mujeres no podían ejercerlas, cuando comenzaron a ocupar esos espacios aparecieron palabras como presidenta, médica, jueza o arquitecta, algunas provocaron resistencia y hoy resultan habituales, la costumbre suele presentarse como una regla eterna hasta que una nueva realidad demuestra que era solamente una costumbre.

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Esto no significa que toda innovación deba imponerse ni que una terminación resuelva por sí sola la desigualdad, el lenguaje inclusivo puede ampliar la percepción, pero no reemplaza derechos, educación, trabajo ni protección legal, también puede fracasar si se convierte en una prueba de pureza que excluye a quienes no dominan sus códigos.

Una lengua común debe permitir el encuentro

El desafío consiste en equilibrar claridad e inclusión, en algunos contextos funciona mencionar mujeres y hombres, en otros conviene utilizar palabras colectivas como ciudadanía, comunidad, alumnado o personas, estas alternativas no destruyen el idioma, aprovechan recursos que ya existen dentro de él.

La lengua pertenece a quienes la hablan, las academias registran y orientan, pero los cambios verdaderos se consolidan en la vida cotidiana, una sociedad modifica sus palabras cuando modifica su sensibilidad, por eso el debate no debería reducirse a burlas ni prohibiciones, debería ayudarnos a comprender qué realidades permanecieron demasiado tiempo sin nombre.

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César Leo Marcus

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